La desmemoria del gobernador De la Sota, por Luis Miguel Baronetto

El Gobernador quiso borrar de la memoria cordobesa su propio rostro durante la campaña electoral pasada y lo reemplazó por un contraste de blanco y negro, en foto quemada, para que los cordobeses, olvidaran no sólo el peluquín, sino su gestión anterior, con historias de Lecor, privatizaciones ruinosas y encerramiento de los pobres en el invento de ciudades de villeros a las orillas de la ciudad de los “decentes”.

En una de ellas, la “Ciudad Villa Obispo Angelelli”, “inauguró” servicios de salud que habían sido abandonados tiempo atrás. Dejó, eso sí, la placa con el nombre del Obispo asesinado por la dictadura militar, junto al suyo. Pero ni una palabra sobre el pastor de los pobres, ni siquiera para quien lo imitara en ese lugar entregando allí su propia vida. No hubo ninguna mención al Cura Vasco, que siempre recordó que allí no existía una “villa” turística, sino una “villa miseria”. Y cuando quisieron borrarla con la artificial denominación de “ciudad”, el Cura Vasco insistió hasta lograr que quedara en la memoria como “Villa Obispo Angelelli”, aunque le adosaran en los cartelones el ficticio título de “Ciudad”.

El ya entonces gobernador José Manuel De la Sota se encargó de hacer el cordón de “ciudades” para los pobres, fuera de la Circunvalación, para alejarlos de la ciudad seria, sin el peligro de “los negros” invadiendo las calles del centro, con sus basuras, carros y rostros. Nada de “derechos a la ciudad”, hoy incorporados como derechos humanos, que hacen a la calidad de vida de los ciudadanos; no objetos de limosnas, sino sujetos protagónicos de sus propios derechos.

A los “negros” pan y circo, doma y folclore, cuarteto y represión. Para eso, De la Sota avanzó en la desmemoria, haciendo una utilización mezquina y mentirosa de las mejores historias de lucha de los trabajadores. Que los cordobeses desconozcan su historia, en el cambalache de mezclar todo para que nadie entienda nada. En su locro, mezcló condimentos y somníferos. Pasó a la categoría de “legendarios” a los principales sindicalistas de la década del ‘70. Arrinconarlos en la leyenda es una manera de petrificarlos en el pasado, para que no cuestionen en el presente ni molesten en el futuro, con sus mensajes y malos ejemplos. Por eso mencionó a Atilio López, Agustín Tosco, René Salamanca y Elpidio Torres como parte del pasado, que ya es leyenda. No hay peligros. ¡Los muertos están bien muertos! Mejor es que no resuciten en nuevas luchas. Por el contrario, sí hizo memoria de lo que para él debe emularse: el sitio especial para José Ignacio Rucci, un arquetipo de la burocracia sindical, cuyas huestes se ensañaron hasta el crimen con los militantes sindicales opositores.

La hipocresía de De la Sota fue aún mayor cuando inauguró la autovía Córdoba-Alta Gracia con el nombre de Atilio López, a quien contribuyó a derrocar como vicegobernador durante las tristemente célebres jornadas del Navarrazo (27 y 28 de febrero de 1974), desde su puesto de Secretario de Gobierno de la Municipalidad. Utilización espuria del nombre y el hombre que simboliza la transparencia sindical y la coherencia de compromiso con los trabajadores, tan olvidada por las nuevas dirigencias que juegan a dos puntas: aplauden a De la Sota integrando sus listas de legisladores, a la vez que convalidan el despojo de los aumentos a los jubilados públicos provinciales y toleran el corte de los servicios de salud de APROSS o los aumentos de impuestos a las mayorías, mediante peajes y tasas al combustible. Mientras los terratenientes del campo siguen gozando de la rebaja del 30 por ciento en miles de hectáreas subvaluadas.

La desmemoria sirve para repetir el pasado, olvidando lo más nefasto. Y De la Sota quiere repetirla a gran escala. Por eso demolió la memoria de los derechos humanos: privatizó el Buen Pastor borrando su historia de violaciones a los derechos de las mujeres allí encarceladas. Y el Batallón 141, donde funcionaron los grupos de tareas de los secuestros y desapariciones de la dictadura, como lo fue en 1960 con los presos del Plan CONINTES. Avanzó con la ley de venta de la cárcel de San Martín, otro emblemático sitio de violaciones a los derechos humanos. Ahora le toca a Encausados. Mientras tanto, nos atora con costosas publicidades en medios obsecuentes que viven de las pautas oficiales, construyendo el relato del olvido. Y en esto no es casual el desfinanciamiento a los lugares que preservan la memoria de las violaciones a los derechos humanos. Privatizaciones, negociados y desmemoria es la trilogía preferida del Gobernador.

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